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viernes, 21 de enero de 2011

LAS TRES MUERTES DE VAVILOV.

08/12/10
Por:  Enildo Iglesias.
El destino de la biodiversidad -y de la vida humana sobre el planeta- depende de la importancia que le concedamos a la agricultura como actividad social. La biodiversidad no se mantendrá sin comunidades rurales prósperas, que la apoyen a través de una agricultura ecológica y por lo tanto sostenible. El problema -y el desafío- es que se trata de algo que no depende solamente de los campesinos. La cuestión es si todos nosotros, como consumidores, votantes y gobernantes, estamos dispuestos a dar los pasos y emprender las acciones necesarias para conservar la biodiversidad y construir un modelo agrícola sustentable. 
Hoy, cuando biólogos, ecologistas y agricultores nos alertan sobre cómo se está destruyendo ese valioso recurso que es la diversidad biológica o biodiversidad, prácticamente no se menciona a Nikolai Vavilov, un científico cuyos trabajos contribuyeron a catalogar la biodiversidad agrícola del planeta. En su condición de científico fue asesinado tres veces.
Nikolai Ivanovich Vavilov nació en Moscú el 16 de noviembre de 1886. En una vida relativamente corta, 56 años, realizó innumerables aportes teóricos y prácticos sobre el conocimiento de la distribución geográfica, el origen y dispersión de las plantas. En la primera mitad del siglo pasado Vavilov viajó durante más de veinte años por los cincos continentes recolectando semillas de plantas agrícolas, tales como maíz silvestre y cultivado, papa, granos, forraje, frutas y todo tipo de vegetales. Al mismo tiempo, recopilaba datos sobre los lugares que visitaba y sobre los idiomas y culturas de sus habitantes. Su colección de semillas llegó a ser la más grande del mundo, con alrededor de 200 mil especímenes que fueron almacenados y sembrados en más de 100 estaciones experimentales en la entonces Unión Soviética
Su primera expedición, en 1919, lo llevó a Persia y luego a las montañas de Asia Central, donde volvería años más tarde en tres oportunidades. En 1921 visitó Estados Unidos. Afganistán, Nuristán, el litoral de la mar Mediterráneo, Medio Oriente -incluyendo Siria y Palestina- y el noreste de África fueron otros de los lugares visitados por el científico. Luego les tocó el turno a China, Japón y Corea. Entre 1930 y 1931 volvió a Estados Unidos, donde recolectó especímenes en los estados de Florida y Texas y en algunas reservas indígenas. En ese mismo viaje cruzó a México y de ahí a Guatemala. Su última expedición la realizó entre 1932 y 1933, visitando El Salvador, Costa Rica, Honduras, Panamá, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Trinidad y Cuba.
En sus viajes, Vavilov registró que la biodiversidad agrícola estaba repartida de manera desigual: mientras en algunos lugares sobraban plantas, otros poco o nada tenían para ofrecer. También registró que los lugares con más biodiversidad agrícola cuentan con diferentes topografías, tipos de suelo y clima y que tienden a estar rodeados de cadenas de montañas, que evitan las invasiones de especies exóticas. También determinó que la biodiversidad agrícola proviene en su mayoría de ocho núcleos perfectamente identificables: China (donde se origina la soja), India, Oriente Próximo-Asia Central, sureste de Asia, regiones montañosas de Etiopía, México y Centroamérica (cuna del maíz), los Andes centrales (de donde proviene la papa) y el Mediterráneo. Aun hoy, esas áreas geográficas se conocen como centros Vavilov, verdaderos refugios de biodiversidad, esenciales para la alimentación humana. Por ejemplo, independientemente de donde se cultive papa o maíz, para ser viables necesitan de las variadísimas cepas que se encuentran solamente en su centro de origen.
El gobierno de la recién formada Unión Soviética, luego de la Revolución de Octubre, reconoció la importancia de las investigaciones de Vavilov -a partir de 1925 dirigió el Instituto de Botánica Aplicada y Nuevos Cultivos de San Petersburgo- también lo hizo el gobierno de Estados Unidos, al punto que en su segundo viaje a ese país se crea la primera instancia de cooperación científica entre Washington y Moscú.
La primera muerte de Vavilov
Tan valorada era la colección de semillas de Vavilov, que algunos de sus colegas prefirieron morir de hambre durante el sitio de Leningrado por las tropas de la Alemania nazi, antes que comerse las semillas almacenadas en la estación experimental situada en las afueras de la ciudad. Pero Vavilov no pudo ayudar a proteger su colección, pues para esa época estaba preso en Siberia. ¿Qué había pasado?
Un seudocientífico llamado Trofim Denissovich Lysenko (1898-1976) argumentaba que el estudio de la genética era una ciencia burguesa que buscaba darle justificación biológica a las diferencias de clase, y que aplicando el materialismo dialéctico, era posible llegar al triunfo de la ciencia proletaria sobre la ciencia burguesa. La influencia de Lysenko sobre la política agraria soviética se extendió desde 1929 a 1948. Mientras Vavilov procedía de una familia acomodada, Lysenko era hijo de un campesino ucraniano, lo cual, para los dirigentes bolcheviques, lo colocaba en un sitial privilegiado.
1936 marca el inicio de una campaña oficial de propaganda a favor del “lysenkismo”. Bujarin deja de ser director del Instituto de la Ciencia y la Tecnología, y luego es expulsado de la Academia de Ciencias, condenado y ejecutado. Varios biólogos comunistas son arrestados y el Congreso Internacional de Genética, que debía reunirse en Moscú en 1937, fue cancelado y los genetistas denunciados como “saboteadores trotskistas”. En 1938, Lisenko es designado presidente de la Academia de Ciencias Agrícolas. En 1940 Vavilov es condenado a muerte, luego se le conmutó la pena a cadena perpetua y fue deportado a Siberia... fue su primera muerte civil. Físicamente murió en 1943.
Aquel período negro instaurado por Stalin -responsable de la muerte de Vavilov-, donde entre otras cosas el Partido dirigía la ciencia, motivó que durante la llamada Guerra Fría se gastaran miles de millones de dólares para combatir la "tiranía comunista" y exaltar la democracia estadounidense. Hoy, 64 años después, más de medio centenar de científicos estadounidenses -entre ellos 20 premios Nobel- firmaron un comunicado en el que acusan al gobierno del presidente George Bush de distorsionar sistemáticamente los hechos científicos al servicio de sus objetivos políticos internos e internacionales en las áreas del medio ambiente, la sanidad, la investigación biomédica y las armas nucleares. Ello demostró dos cosas: que aquellos periodistas que compararon a Bush con Hitler estaban equivocados, ya que el estilo de gobernar de Bush es igual al de Stalin; y que la muerte de Vavilov y la Guerra Fría no sirvieron de nada.
La segunda muerte
El triunfo de Lysenko encerraba su propia desgracia. Se había ganado la confianza de Stalin -a quien enviaba sus artículos científicos para que éste los corrigiera- y dentro del culto a la personalidad elaboró el “Gran Plan Stalin de Transformaciones de la Naturaleza” en el cual, entre otras cosas, prometía cambiar el clima de la URSS con la forestación de millones de hectáreas; también prometió resolver el problema del bajo rendimiento del trigo con una variedad que bautizó “trigo en rama Stalin”. Nada de eso se concretó y no tenía excusas, los “saboteadores” ya no existían. Con la llegada de Nikita Jruschov al poder la estrella de Lysenko se apagó silenciosamente, ya que nunca se efectuó una crítica pública sobre sus innumerables fracasos, ni tampoco sobre los del Partido.
Mientras Vavilov recorría los campos del mundo en busca de las claves del origen de la diversidad agrícola, Henry A.Wallace, un mejorador de semillas estadounidense (más tarde Secretario de Agricultura de su país) promovió un enfoque totalmente novedoso para su oficio: una técnica para crear variedades de maíz con productividad excepcional. El enfoque de Wallace suponía realizar complicados cruces entre linajes afines al maíz, para tomar ventaja de un fenómeno genético conocido como “vigor híbrido”, por el cual la primera generación de un cruce tiende a obtener mejores rendimientos que sus antecesores. Wallace también registró que los rasgos del alto rendimiento no eran estables. El cultivo de semillas de estos híbridos daría resultados decepcionantes, por lo que los agricultores que quisieran usar el sistema tendrían que comprar año tras año las nuevas semillas, pues la hibridación es incompatible con la antigua práctica de guardar y replantar una parte de la cosecha del último año. 
La visión empresarial de Wallace lo llevó a constituir la empresa Hi-Bred Corn Company, luego convertida en nuestra conocida Pioneer Hi-Bred -hoy filial de DuPont- una de las mayores empresas productoras de semillas del mundo. Los cambios fueron fenomenales. En 1930 todo el maíz plantado (y los otros cultivos) procedía de variedades tradicionales; 35 años después, el 95 por ciento del maíz cultivado en Estados Unidos procedía de variedades híbridas. Muchas otras cosas cambiaron en esos 35 años. El trabajo humano (y animal) fue sustituido por las máquinas; las variedades híbridas, diseñadas para consumir la mayor cantidad posible de fertilizantes, llevaron a que en ese período el consumo de fertilizantes se multiplicara 17 veces en Estados Unidos. Pero el mayor cambio fue la pérdida de diversidad de cultivos. A lo largo del siglo XX más del 90 por ciento de las variedades cultivadas un siglo atrás ya no se producían comercialmente, ni se encontraban en los bancos de semillas.
Esto no ocurrió solamente con el maíz: entre las variedades de lechuga las pérdidas llegan al 92 por ciento, de las 408 variedades de guisantes mostradas en los catálogos de semilla de 1903, sólo quedan 25.
De los híbridos a la “Revolución Verde” de los años 50 y 60 del siglo pasado sólo había un paso. Sus negativas consecuencias son por demás conocidas, pero digamos que la nueva agricultura es una especie de guerra biológica. Bajo las condiciones de la agricultura comercial -proclive al monocultivo y a la utilización masiva de insumos- incluso las variedades más rigurosas no permanecen viables por mucho tiempo. Enfrentadas a insectos y enfermedades en rápida evolución y al aumento de la salinización del suelo a causa de la irrigación, una variedad comercial típica tiene una vida útil de apenas 5 a 10 años. Quiere decir que los cultivos comerciales dependen de las infusiones genéticas regulares de las variedades locales y tradicionales que están sustituyendo.
Así se provocó la segunda muerte de Vavilov.
La tercera muerte
Diez años después de la muerte de Vavilov los biólogos Watson y Crick descubren el llamado ADN, que contiene la información necesaria para ordenar los aminoácidos a efectos de transmitir información de una generación a otra. En 1973 se consigue aislar genes, es decir, códigos concretos para proteínas específicas, para luego actuar sobre ellos, dando nacimiento a la biotecnología.
En 1980 se descubre cómo transferir fragmentos de información genética de un organismo a otro: surge la ingeniería genética. Dos años después se crea la primer planta transgénica, una variedad de tabaco resistente a los antibióticos. En un principio la biotecnología se centró en la salud humana y animal -la insulina fue uno de los primeros productos biotecnológicos en comercializarse-. No obstante, su desarrollo más fuerte ocurrió en la agricultura, particularmente en las semillas.
¿Cómo y por qué ocurrió esto? Intentar responder a estas preguntas nos lleva directamente al modo de producción y acumulación capitalista, a sus negativas consecuencias sobre los más elementales derechos humanos y a la tercera muerte de Vavilov.
La nueva biotecnología nació en los laboratorios de las universidades y otras instituciones públicas de investigación. En Estados Unidos, por ejemplo, las investigaciones sobre biotecnología se financiaron con dinero público en distintas universidades. Los resultados llevaron a que se consideraran sus posibilidades comerciales y comenzaron a instalarse pequeñas empresas, casi todas propiedad de profesores universitarios y algunas de ellas instaladas en los “campus”. Las posibilidades que brindaba el nuevo mercado despertaron el apetito de las grandes compañías de la agroquímica y la farmacéutica, que hasta 1981 no estaban interesadas en la biotecnología. En los 23 años transcurridos desde entonces, estas transnacionales pasaron a detentar un control casi monopólico sobre la investigación en biotecnología, en la comercialización de organismos genéticamente modificados -especialmente semillas- y sobre las correspondientes patentes.
Si examinamos los principales actores en este campo, veremos que son las mismas transnacionales que ya controlaban la industria agroquímica y la de fármacos y las mismas que, en la década de los 70, pasaron a controlar el sector de las semillas. Como estos tres segmentos -agrotóxicos, fármacos y semillas- constituyen un negocio, en el mismo se consideran costos y rentabilidad, con las siguientes conclusiones:
  • Los fármacos tienen mayor mercado (mayor total de ventas) pero su producción es costosa y requieren de un largo período de investigación y desarrollo; lo mismo ocurre con su posterior aprobación.
  • Los agrotóxicos tienen una vida más larga en el mercado y requieren menos tiempo que los medicamentos para su desarrollo. Entre otras cosas, porque nadie los controla antes que ingresen al mercado y se ha dado el caso de que se prohíba un agrotóxico que hacía años que ya no se encontraba a la venta.
  • En cambio, la producción de nuevas semillas es más barata que la de los otros dos rubros. Esto explica el interés de las transnacionales por la biotecnología aplicada a la agricultura, especialmente si le sumamos la irresponsabilidad con que se analizan las posibles consecuencias para la vida animal, vegetal y el ambiente de los transgénicos.
Para entender las consecuencias de la biotecnología en la cadena alimentaria, es necesario analizarlas desde el punto de vista del control monopólico que las transnacionales detentan sobre la producción de alimentos, que se puede dividir en cuatro fases:
1- La producción y comercialización e insumos (maquinaria, semillas, agrotóxicos, fertilizantes, transporte);
2- la producción agrícola propiamente dicha;
3 - el proceso industrial de los productos agrícolas para convertirlos en alimentos;
4- distribución (incluso internacional) desde el productor al consumidor.
Cada una de las grandes compañías actúa simultáneamente en cada una de estas fases. En el sector insumos, no más de 10 transnacionales controlan el 90 por ciento del mercado mundial de agrotóxicos. El sector semillas se encuentra en manos de una docena de compañías, la mayoría de ellas también fabricantes de agrotóxicos. En el sector de los cultivos agrícolas ocurrió además un proceso de concentración promovido por las transnacionales, ya sea como propietarias de la tierra o a través de contratos con los productores. El sector del procesamiento de alimentos también está en manos de unas pocas transnacionales, y lo mismo ocurre con la comercialización de granos (trigo, maíz, arroz, soja), donde cinco compañías son responsables por más de 75 por ciento del comercio mundial.
La biotecnología, como todo avance científico, debería estar al servicio de la humanidad y no de un pequeño grupo de compañías que lucran con descubrimientos efectuados con dineros públicos. Y esto es así porque nos rige la ley del mercado -el novelista británico Ben Elton define al mercado como algo donde la gente gasta un dinero que no tiene en cosas que no necesita-. En el mercado la ética no existe, ni el hambre de los seres humanos interesa, como tampoco interesa su salud y mucho menos el ambiente.
Las plantas transgénicas están contaminando a las convencionales. Se acaba de denunciar que en 154 comunidades campesinas e indígenas de nueve estados mexicanos el maíz tradicional ha sido contaminado por el transgénico, incluyendo el Bt de Monsanto y el Starlink de Aventis, este último prohibido para el consumo humano por ser alergénico.
¿Habrá una cuarta muerte de Vavilov?
Parecería que esto nos es posible, pues la próxima muerte sería la de la vida sobre la tierra. Según un reciente informe de la ONU, el medio ambiente de América Latina y el Caribe se deteriora vertiginosamente como consecuencia de la creciente degradación de sus componentes, entre los que se destacan tierras agotadas, daños a la biodiversidad, bosques en extinción y agua contaminada. Según el informe, de los 576 millones de hectáreas arables que posee la región, una gran parte se vio drásticamente afectada por la desertificación -notable en Argentina, Brasil, Chile, Cuba, México y Perú- y la contaminación agroquímica que afectó a 313 millones de hectáreas provocando pérdidas por 2.000 millones de dólares anuales. Como puede verse, todavía la ONU no ha realizado una evaluación sobre los daños causados por los transgénicos.
En consecuencia, el destino de la biodiversidad -y de la vida humana sobre el planeta- depende de la importancia que le concedamos a la agricultura como actividad social. La biodiversidad no se mantendrá sin comunidades rurales prósperas, que la apoyen a través de una agricultura ecológica y por lo tanto sostenible. El problema -y el desafío- es que se trata de algo que no depende solamente de los campesinos. La cuestión es si todos nosotros, como consumidores, votantes y gobernantes, estamos dispuestos a dar los pasos y emprender las acciones necesarias para conservar la biodiversidad y construir un modelo agrícola sustentable. 
Enildo Iglesias - Rel-UITA - 26 de febrero de 2004 - http://www.rel-uita.org
Red por una América Latina Libre de Transgénicos
Fuente: Ecoportal.net